El tabaquismo pasivo es lo que experimentan involuntariamente los no fumadores cuando inhalan el humo de tabaco que otros han expulsado. Este humo es el resultado de la combustión del tabaco y del aire expulsado por un fumador: sólo el 15% del humo de un cigarrillo es inhalado por el fumador (humo principal); el humo restante (humo secundario) se dispersa en la atmósfera circundante y puede ser inhalado por otras personas. El humo del tabaco contiene más de 4.000 sustancias químicas, de las cuales se han identificado más de 50 como agentes cancerígenos y más de 100 como sustancias tóxicas. Debido a que el humo secundario no está filtrado, las concentraciones de algunas de estas sustancias son más altas en el humo secundario que en el humo principal (el que inhala el fumador). Fumar un cigarrillo produce humo por dos vías: el extremo, que es la principal, y el cuerpo, que libera los vapores calientes del cigarrillo y su filtro. Entre el 70% y el 80% del humo secundario proviene del extremo del cigarrillo y contiene los niveles más altos de nicotina, monóxido de carbono, alquitrán y otras sustancias cancerígenas. Por lo tanto, la exposición constante al humo secundario es aparentemente tan dañina o más que el fumar un cigarrillo directamente por el mismo período de tiempo.
Convivir con un fumador aumenta el riesgo de cáncer de pulmón en un 30% para el no fumador, y el de muerte de origen cardíaco en un 25%. Asimismo, los niños expuestos al humo tienen mayor riesgo de sufrir resfriados u otras infecciones respiratorias y de oído, amén de trastornos pulmonares. En la sección "Tabaco y embarazo" se desarrolla más ampliamente el impacto del humo sobre un feto y tras su posterior nacimiento. Con todo ello, un estudio publicado en abril de 2004 por el British Medical Journal hace hincapié en los terribles efectos del tabaquismo pasivo. Según los autores, el riesgo de mortalidad es un 15% más alto entre los adultos que conviven con un fumador aunque no hayan fumado nunca. En mayo de ese mismo año, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer de la OMS incluyó el tabaquismo pasivo dentro del grupo de agentes cancerígenos humanos y demostró que los niveles típicos de exposición involuntaria al humo del tabaco provocaban cáncer de pulmón en personas que no habían fumado nunca. De igual manera, la Agencia de Protección Medioambiental de los EE.UU., ha llegado a clasificar el humo secundario como sustancia cancerígena del tipo A, junto con el arsénico, el amianto, el benceno, etc. Eso sin mencionar el hecho de que los no fumadores pueden sufrir los desagradables efectos de los ambientes con humo: tos, dolores de cabeza, irritación ocular, nauseas, problemas respiratorios, etc. Se calcula que en 2001, cuando la UE contaba sólo 15 miembros, la exposición al humo secundario causaba entre 50.000 y 100.000 muertes cada año.
El Ministerio de Sanidad y Consumo de España estima que en España fallecen al año 700 fumadores pasivos, a consecuencia de su exposición al aire contaminado por humo de tabaco. Para algunos, esta cifra es demasiado conservadora y opinan que los muertos pueden ser muchos más. El tabaco causa más de 50.000 muertos anualmente en nuestro país.
Los sistemas de ventilación no están preparados para eliminar el humo. Su principal función es la de limitar la acumulación de CO2 que las personas exhalan y eliminar los olores. Un sistema de ventilación necesita al menos tres horas para eliminar el 95 % del humo de un solo cigarrillo... y el 5% que queda es todavía nocivo. Airear una habitación no hará más que diluir el humo sin volver el aire más sano, dado que no existe un nivel de seguridad conocido de exposición a los cancerígenos.
Sólo existe una forma eficaz de eliminar el humo de tabaco del aire en lugares cerrados: suprimir la fuente de contaminación.